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—Entonces ¿por qué vas?

Capítulo 28 El precio de la carne y la sed de justicia

La noche anterior había enterrado a Joe. No con tierra, sino con un hierro. Lo recordaba con una claridad enfermiza: el sonido húmedo del golpe, el crujido de las costillas cediendo como ramas secas. Joe había sido el último eslabón de una cadena que se remontaba hasta el verano del odio. El verano en que Mary, su hermana pequeña, había aparecido flotando en el río con los ojos abiertos mirando un cielo que ya no existía.

—Que los identifiquen. Ya están más allá de la ley. Escupire.Sobre.Sus.Tumbas.Capitulo.28

Detrás de ellos, la página quemada de la libreta seguía ardiendo en el cenicero. Las cenizas volaron por la habitación como una pequeña profecía.

Anderson no se sobresaltó. Ya había aprendido que el miedo era un lujo que no podía permitirse. Era Lucy. Su melena rubia pegada por la lluvia, sus ojos azules demasiado claros para la noche que cargaba sobre sus hombros.

Lucy guardó silencio. Fuera, un perro ladró a la nada. —Entonces ¿por qué vas

—Queda uno —dijo en voz alta, y su propia voz le sonó como el graznido de un cuervo.

—Es una trampa —dijo Lucy.

La puerta del motel se abrió sin que llamaran. Lo recordaba con una claridad enfermiza: el sonido

La lluvia arreció, golpeando el tejado de zinc como los dedos impacientes de la muerte. En algún lugar, muy lejos, una sirena comenzó a aullar. Pero no era una sirena de auxilio. Era el preludio de una cacería.

—Porque ya no me quedan balas para la razón —respondió—. Solo me queda la sed. Y la sed no negocia.

Anderson cogió la libreta negra, arrancó la última página y la acercó a la llama de la vela. El nombre de Harwick ardió lentamente, retorciéndose como un gusano de tinta y ceniza.

—Mañana —continuó Anderson, girándose hacia ella con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—, el juez Harwick celebra la fiesta de su jubilación en la mansión de la colina. Estarán todos. Sus amigos, sus protectores, los mismos que compraron la impunidad con el sudor de los muertos.

El décimo nombre era el peor de todos. No el más fuerte, ni el más rico, sino el más astuto. El juez Harwick. El hombre que había archivado el caso, que había declarado la muerte de Mary como "suicidio en estado de embriaguez". El mismo juez que, tres años atrás, había absuelto a los nueve por falta de pruebas. Anderson lo sabía. Sabía que Harwick había recibido dinero, tierras, y el silencio de una ciudad entera a cambio de firmar la sentencia.