—Lo mismo que hacemos ahora, pero llorando —respondió él, y luego la besó de un modo que me hizo olvidar mi instinto de saltar.
Más ven cuatro patas sobre una almohada que dos ojos ante un espejo.
En la próxima entrega —si sobrevivo al incienso de la próxima catedral— les contaré cómo terminé en la liga de una princesa rusa y en el bolsillo de un embajador inglés. Pero por ahora, cierro este capítulo con una moraleja:
Memorias de una Pulga: Tomo 2 (Fragmento) Subtitle: En la alcoba del obispo y otros milagros Prólogo del segundo salto memorias de una pulga tomo 2
Y allí, sobre la almohada de plumas de cisne, ocurrió lo que ni el mismo Arzobispo habría podido bendecir. La pulga, testigo ocular, saltó al ombligo de la doncella cuando él besó aquella parte que ningún breviario menciona como sagrada. Descubrí entonces que los besos más pecaminosos no son los que se dan en la boca, sino aquellos que se disfrazan de absolución.
No crean, amables lectores que me toman entre sus dedos —metafóricamente hablando, pues de hacerlo literalmente me enviarían al otro mundo— que el reposar sobre la almohada de una dama fue el final de mis aventuras. ¡Qué error! Una pulga de mi oficio y calibre no se retira jamás al jardín de las camelias sin antes haber visto lo que bulle tras los confesionarios, bajo las sotanas moradas, y entre los pliegues del poder que jamás se confiesan.
He visto más de lo que un insecto puede contar. He visto a un juez desnudarse con su secretaria mientras su esposa dormía en la habitación contigua. He visto a una monja guardar un vibrador dentro de una imagen de la Virgen del Carmen. He visto a un poeta llorar de impotencia no por la rima, sino porque su amante prefería al cochero. —Lo mismo que hacemos ahora, pero llorando —respondió
Me instalé en la peineta de la joven Dama Elvira, cuyo esposo, el Marqués de la Deuda Eterna, pasaba las noches firmando cheques en lugar de firmar caricias. Ella, por su parte, recibía al jefe de su guardia personal, un hombre de bigote tupido y manos de herrero que leía a Quevedo con voz de trueno.
—No, excelencia. Es caridad.
—Inés —susurró él—, ¿has pensado en lo que hablamos en confesión? Pero por ahora, cierro este capítulo con una
Allí, en el baile de sus caderas, la pulga aprendió que el adulterio no es más que el intento del cuerpo de recordarle al corazón que aún late. Y que el único pecado verdadero es aburrirse.
—El pecado no está en la obra, sino en la intención. Si tú me limpias la frente con tus dedos... ¿eso es acaso lujuria?
—Sí, padre... quiero decir, excelencia —respondió ella con voz de miel a punto de derramarse.